Al partir
Estábamos de pie, quietos, sin mediar palabra. Ante nosotros se imponían las cuatro columnas de Bellaterra. Un lugar que siempre que podía evitaba. Evitaba ir por la autopista que las deja ver. Y si no había más remedio que circular por allí, cuando las cuatro columnas podían alcanzar mi vista, ladeaba mi cabeza hacia el otro lado, como cuando uno aparta la mirada cuando alguien con quién no hay demasiada confianza se desnuda. Seguramente lo hacía para evitar la nostalgia. Un sentimiento horroroso que sentía que hacía años el mundo del marketing había fagocitado. Había encontrado un filón para vender cualquier mierda. Apelar a la nostalgia de un mundo mejor, un mundo que ya no existe, un mundo que estuvo en nuestras manos y se fue estropeando, oxidando, una realidad a la que ya se le notan las costuran, o que quizás, directamente está rota, y con ese vacío “nuestro” y con ese afán de “ellos” para vender, se creaba el caldo de cultivo perfecto para hacernos revivir una realidad virtual....